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LA COMUNIDAD CRISTIANA


En este silencio, “podemos crecer en nuestra capacidad de escucha”



El Santo Padre continúa reflexionando sobre los frutos de esta crisis mundial provocada por la pandemia. Esta mañana, en la celebración de la Eucaristía, ha invitado a apreciar el “silencio” en el que convivimos, con el deseo de que “nos enseñe a escuchar”.

“En este tiempo hay tanto silencio. Incluso se puede oír el silencio”, ha observado el Papa. “Que este silencio, que es un poco nuevo en nuestros hábitos, nos enseñe a escuchar, nos haga crecer en nuestra capacidad de escucha. Oremos por esto”.

Las lecturas escogidas para la Misa de hoy son: la Primera Lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles (4, 32-37), el Salmo 92,1ab.1c-2.5 y Evangelio según san Juan (3,5a.7b-15).



La Primera Lectura describe la vida de los miembros de la primera comunidad cristiana que tenían un solo corazón y una sola alma y nadie consideraba lo que les pertenecía como su propiedad, porque entre ellos todo era común y nadie estaba necesitado.

El Papa ha indicado que el Espíritu Santo “es capaz de hacer estas maravillas”. La primera comunidad cristiana “es un modelo, un ideal, un signo de lo que el Espíritu Santo puede hacer si somos dóciles. El Espíritu crea armonía”.

Así, a raíz de este pasaje, Francisco ha advertido de tres cosas que dividieron a las comunidades de los primeros cristianos: el dinero, la vanidad y las habladurías.


A continuación, sigue la homilía completa:


Nacer de lo alto es nacer con la fuerza del Espíritu Santo. Nosotros no podemos tomar el Espíritu Santo para nosotros, sólo podemos dejar que nos transforme. Y nuestra docilidad abre la puerta al Espíritu Santo: es Él quien hace el cambio, la transformación, este renacer de lo alto. Es la promesa de Jesús de enviar el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es capaz de hacer maravillas, cosas que ni siquiera podemos pensar.


Un ejemplo es esta primera comunidad cristiana, que no es una fantasía, esto es lo que nos dicen aquí: es un modelo, donde se puede llegar cuando hay docilidad y dejar que el Espíritu Santo entre y nos transforme. Una comunidad, digamos, «ideal». Es cierto que inmediatamente después de esto comenzarán los problemas, pero el Señor nos muestra hasta dónde podemos llegar si estamos abiertos al Espíritu Santo, si somos dóciles. En esta comunidad hay armonía. El Espíritu Santo es el maestro de la armonía, es capaz de hacerlo y lo ha hecho aquí. Debe hacerlo en nuestros corazones, debe cambiar muchas cosas de nosotros, pero debe hacer armonía: porque Él mismo es la armonía. También la armonía entre el Padre y el Hijo: es el amor de la armonía, Él. Y Él, con armonía, crea estas cosas como esta comunidad armoniosa. Pero entonces, la historia nos dice – el mismo Libro de los Hechos de los Apóstoles – de tantos problemas en la comunidad. Este es un modelo: el Señor ha permitido que este modelo de una comunidad casi «celestial» nos muestre a dónde debemos llegar.


Pero entonces comenzaron las divisiones en la comunidad. El Apóstol Santiago dice en el segundo capítulo de su Carta: «Que vuestra fe sea inmune al favoritismo personal» – ¡porque lo hubo! «No discriminar»: los apóstoles deben salir y amonestar. Y Pablo, en la Primera Carta a los Corintios, en el capítulo 11, se queja: «He oído que hay divisiones entre ustedes»: empiezan las divisiones internas en las comunidades. Este «ideal» debe ser alcanzado, pero no es fácil: hay muchas cosas que dividen a una comunidad, ya sea una parroquia cristiana o una comunidad diocesana o presbiteral o de religiosos o religiosas… muchas cosas entran para dividir a la comunidad.


Viendo las cosas que han dividido a las primeras comunidades cristianas, yo encuentro tres: primero, el dinero. Cuando el apóstol Santiago dice esto, que no tiene ningún favoritismo personal, da un ejemplo porque «si en su iglesia, en su asamblea, entra un hombre con un anillo de oro, lo ponen inmediatamente adelante, y el pobre queda al margen». El dinero. El mismo Pablo dice lo mismo: «Los ricos traen comida y comen, ellos, y los pobres, de pie», los dejamos allí como para decirles: «Arréglate como puedas». El dinero divide, el amor al dinero divide la comunidad, divide la Iglesia.


Muchas veces, en la historia de la Iglesia, donde hay desviaciones doctrinales – no siempre, sin embargo, muchas veces – hay dinero detrás: dinero del poder, tanto el poder político como el dinero en efectivo, pero es dinero. El dinero divide a la comunidad. Por esta razón, la pobreza es la madre de la comunidad, la pobreza es el muro que protege a la comunidad. El dinero divide, el interés propio. Incluso en las familias: ¿cuántas familias terminaron divididas por una herencia? ¿Cuántas familias? Y ya no se hablaban… Cuántas familias… Una herencia… Se dividen: el dinero divide.


Otra cosa que divide a una comunidad es la vanidad, ese deseo de sentirse mejor que los demás. «Gracias, Señor, porque no soy como los demás», la oración del fariseo. Vanidad, sentirme que… Y también vanidad en mostrarse, vanidad en los hábitos, en el vestir: cuántas veces – no siempre pero sí cuántas veces – la celebración de un sacramento es un ejemplo de vanidad, quién va con la mejor ropa, quién hace eso y lo otro… Vanidad… la mayor fiesta… La vanidad entra ahí también. Y la vanidad divide. Porque la vanidad te lleva a ser un pavo real y donde hay un pavo real, hay división, siempre.


Una tercera cosa que divide a una comunidad son las habladurías: no es la primera vez que lo digo, pero es la realidad. Y es la realidad. Esa cosa que el diablo pone en nosotros, como una necesidad de hablar de los demás. «Qué buena persona es esa…» – «Sí, sí, pero, pero…»: inmediatamente el «pero»: es una piedra para descalificar al otro e inmediatamente algo que oigo decir y así disminuyo un poco al otro.


Pero el Espíritu siempre viene con su fuerza para salvarnos de esta mundanidad del dinero, la vanidad y la habladuría, porque el Espíritu no es el mundo: está contra el mundo. Es capaz de hacer estos milagros, estas grandes cosas.

Pidamos al Señor esta docilidad al Espíritu para que nos transforme y transforme nuestras comunidades, nuestras comunidades parroquiales, diocesanas, religiosas: las transforme, para que podamos avanzar siempre en la armonía que Jesús quiere para la comunidad cristiana.

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