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El encuentro de los discípulos camino a Emaús con Jesús

Actualizado: may 5

Domingo III Pascua


¿Por qué los discípulos de Emaús estaban entristecidos en el camino? Recordemos que luego que Jesús los sale a buscar y les pregunta sobre el diálogo que tienen, dice San Lucas que «ellos se pararon con aire entristecido». Hay que preguntarnos qué es lo que tiene el corazón de estos hombres entristecido. Este entristecido (σκυθρωπος), significa también sombrío, turbado, malhumorado. Por ello, la traducción como preocupado no refleja lo que de verdad sucedía, que estos hombres estaban muy golpeados y ello era evidente, pues su semblante así lo denotaba.




La explicación vendrá más adelante: su esperanza se había derrumbado; sobre lo que había puesto sus ilusiones, se habían terminado y se habían quedado sin nada entre las manos.


Hoy ¿No nos ha sucedido lo mismo con el coronavirus? ¿No teníamos más o menos arreglada nuestra vida y nos sentíamos medianamente seguros? ¿No decíamos que teníamos una humanidad mejor, más inteligente, moderna, tolerante y democrática que otras? Entonces ¿Por qué hoy vivimos con ese aire entristecido? ¿No vemos acaso hoy que la epidemia más generalizada es la del miedo, desesperanza y a veces tristeza?


Pareciera que caminamos sin esperanza, pues por más que muchos quieren entusiasmarnos y decirnos «vamos para adelante» la realidad parece mostrarnos otra cosa. No hay un mañana que nos ilusione o de seguridad por una razón: no está en nuestras manos ese mañana. En los discípulos que caminan a Emaús la razón es clara: «Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel». Este esperar (ηλπιζομεν de ελτιζω) significa a su vez aguardar, creer, ponerse o recurrir a la esperanza, incluso, en una de sus acepciones, esperar contra toda esperanza (παρ ελπιδα y εκτος ελπιδος). Pusieron su confianza en Jesús pero no en el auténtico, sino en uno que se habían imaginado: un Jesús terrenal que les daría un reino aquí.


Entonces esa esperanza, con la muerte de Cristo, se esfumó: «Pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó». Su esperanza fracasó. Jesús, para ellos, no fue la respuesta que creían. Pero ¿Por qué? ¿Es acaso cierto que Jesús no es la respuesta? Todos anhelamos, buscamos algo en la vida: como lograr la felicidad que buscamos. Y en esa búsqueda, tenemos dos posibilidades: encontrar la respuesta o equivocarnos. Este «nosotros esperábamos» de los discípulos de Emaús es lo que mucha gente en la actualidad experimenta; querer ser felices y poner sus expectativas en diversas cosas o personas, situaciones o logros. Poner su corazón en varios tesoros y esperar a que ellos le respondan, pero sufrir porque lo que esperaban no responde.

Como el coronavirus: las personas pusieron su esperanza en algo que el coronavirus destruyó. Este «nosotros esperábamos que sería Él el que iba a librar a Israel» podemos parafrasearlo diciendo «nosotros esperábamos en este año viajar, sacar buenas notas, conseguir más plata, juntarnos con un familiar o amigo, estar cómodos», pero ya ves, vino el coronavirus. Tú ¿Hoy estás frustrado, defraudado, con miedo porque se te cayó la vida que estabas construyendo?


El mundo nos engañó e hizo creer que su receta era la mejor, y ésta prescindió de Dios para endiosar al mismo ser humano. Nietzsche decía que el seguir a Jesús (las bienaventuranzas) era el «manual del fracasado», y eso es lo que el mundo de hoy practicó: vivir sin Dios. La consecuencia fue la tristeza extendida en su nombre comercial, depresión, como nunca antes en la historia estuvo entre los hombres. Y en ese afán mundano, habiendo fracasado el modelo, el mundo se empeñó en creer que se podía curar a sí mismo: la infinidad de psicólogos, psiquiatras y terapeutas que empezaron a brotar como pseudo respuestas, y al final nunca curaron. El mundo siguió triste. Y hoy por el coronavirus, más que nunca.


El mundo nos engañó e hizo creer que su receta era la mejor, y ésta prescindió de Dios para endiosar al mismo ser humano

Es lo que este peregrino desconocido les hace ver: que están frustrados y tristes. Curiosamente este peregrino no está como ellos, no tiene miedo al coronavirus ni se aturde ¿Por qué? «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?... Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; como nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron». La comparación entre la actitud serena de este peregrino y la de ellos contrasta y cuestiona: «Nosotros esperábamos que sería Él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó». El mismo hecho, la muerte de Jesús, lleva a dos actitudes opuestas: una serena del peregrino, otra entristecida de los discípulos. «Cuando el Señor hablaba con aquéllos, no tenían ni siquiera fe, puesto que no creían que hubiese resucitado, ni tenían esperanza de que pudiera hacerlo. Habían perdido la fe y la esperanza». Hoy unos asumen del coronavirus como la caída de su vida, otros como una lucha más pero con esperanza. Esto ¿A qué se debe? Aunque suene simple, la tristeza de estos hombres es a causa de su falta de fe. Estos hombres, como los Apóstoles y muchos otros, han escuchado al Señor; lo han visto hacer milagros.


Han visto muchas conversiones y han escuchado una y otra vez que Él es el Mesías esperado. Han caminado con Él; lo han visto fatigarse; buscar a los pecadores; ser consuelo y decir que en Él se cumplen las profecías y promesas del Antiguo Testamento. Pero a pesar de todo, y aunque suene duro, no le han creído. Eso pasa hoy: no le creemos al Señor ni lo hemos entendido porque nos armamos una vida sin Él. Y es el mismo Señor quien se los reprocha: «El les dijo: "¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?"». El motivo por el cual Jesús los reprocha es muy fuerte. Este ser insensato (ανοντοι de ανοντος), que significa también necio, inútil, vano, sin participación, y tardos de corazón (βραδεις τη καρδια), podría también entenderse como lento, pesado, torpe, indolente, tranquilo, tardío (βραδυς). Esta torpeza los lleva hacia algo muy duro: no prestar atención al Señor y por ende no tomándolo en serio, no creer: «Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas».


Este creer (πιστευειν), lleva a la confianza, y el no creer a no confiar. El padre Ceslas Spicq dice que esta incredulidad es en el fondo una «incomprensión en el ámbito de la fe, falta de discernimiento, ignorancia de los propios límites». Un haber reducido su vida a los propios límites y haberse encasillado en ellos. Haber construido su vida sin Jesús. Lo que calza perfectamente con el hoy del coronavirus: nos construimos una vida sin Dios y allí está la consecuencia. Estamos tristes y con miedo.


...esta incredulidad es en el fondo una «incomprensión en el ámbito de la fe, falta de discernimiento, ignorancia de los propios límites». Un haber reducido su vida a los propios límites y haberse encasillado en ellos.

Estos discípulos, por razones que desconocemos, son unos hombres de corazón pesado, que tienen actitud lenta, cómoda (instalada podríamos aventurarnos a decir), frente al Señor. Y la consecuencia dramática de ellos es no escuchar bien al Señor, no darse cuenta de lo que pasa de verdad, y por ello, no creerle al Señor. No reconocer al que sus ojos ven y tienen delante. Entonces ¿De verdad habían puesto su vida en Cristo? ¿De verdad sus esperanzas las habían cimentado en el Señor? ¿De verdad seguían al Señor? En última instancia ¿Para ellos la vida era Cristo? Son las preguntas que hoy nosotros deberíamos hacernos pero para con nosotros mismos. Si tenemos la actitud de estos discípulos, de ser temerosos, de andar cabizbajos, con tristezas, con desesperanzas, con angustias, con miedo y el corazón no alegre sino amargado, desconsolados, buscando compensarnos y hacer de nuestra morada esta tierra ¿No será que también somos lentos, insensatos, irresponsables para creer al Señor?


Es indudable que estos hombres quieren al Señor, que de verdad sufren su muerte, pero hay que ser claros, también estos hombres no escuchan al Señor, no se encuentran con Él de verdad ni lo dejan hablar, y por ello, hay que decirlo, no le creen ni confían en Dios. Este es el fuerte diagnóstico que el Señor les dice: son tibios. Y es,

probablemente el por qué hoy estamos así: por no habernos encontrado en serio con Él ni escuchado. Es bueno preguntarnos si hemos tenido más bien una relación superficial con el Señor, o caprichosa acomodándolo a nosotros.


Es opuesta la actitud de Santa María, como veíamos en la noche santa de la Vigila Pascual. Ella no va al sepulcro. Porque sí ha escuchado al Señor, si le ha creído, y con reverencia, ha guardado en su corazón estas verdades que la hace fuerte, incluso para enfrentar a muerte de su Hijo. Para ella, la muerte de Jesús no es el fin, y no está con este aire entristecido, de derrota. Y es que ha sabido mantenerse a buen recaudo, sobre la roca sólida del Señor; ha construido sobre lo que no se derrumba: «Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina».

Para entender mejor lo que hablamos quisiera que entremos por un instante a la meditación del salmo que hoy la Iglesia nos propone: el Salmo 15 . En el antiguo Israel, de las doce tribus, la de Leví (los sacerdotes) era la única que no recibirá tierra, una herencia aquí, porque «el Señor separó entonces a la tribu de Leví para llevar el arca de la alianza del Señor, sirviéndole y dando la bendición en su nombre hasta el día de hoy. Por eso Leví no ha tenido parte ni heredad con sus hermanos: el Señor es su heredad» . Y es que «el Señor dijo a Aarón:


Tú no tendrás heredad ninguna en su tierra; no habrá porción para ti entre ellos. Yo soy tu porción para ti entre ellos. Yo soy tu porción y tu heredad entre los israelitas». Ellos no recibían garantía temporal y terrena sobre la cual sustentarse, sino que su sustento es Dios. Su seguridad es Dios y por amor y confianza en Él, por haber entrado a formar parte de Él, se despojan de las seguridades humanas para poner su entera seguridad en Dios.

Este Salmo se convirtió en el llamado «salmo sacerdotal» que a los consagrados Dios se les enseñaba como signo de vida, pero que creo, es también una invitación para todos, pues somos ciudadanos del Cielo y nuestro destino y seguridad plena es eterna en Dios como herencia. Orígenes lo explicaba así: «Quienes recorren el camino de la sabiduría de Dios no construyen casas estables, sino tiendas de campaña, pues viven de viajes continuos, progresando siempre hacia adelante, y cuanto más progresan, más camino se les abre ante sí, descubriendo un horizonte que se pierde en la inmensidad». Es hermoso lo que dice el salmista: «El Señor es el lote de mi herencia, me encanta mi heredad».

2 Mt 7, 24-27. 3 La reflexión sobre este salmo está tomada de la meditación del jueves santo llamada «dejarse lavar los pies». 4 Dt 10, 9. 5 Num 18, 20. 6 ORÍGENES. Homilía XVII, In Numeros.

Jesús sabe de esta realidad y de nuestra incredulidad, pero porque nos ama tanto es que como a estos discípulos de Emaús nos sale a buscar: «Este drama de los discípulos de Emaús aparece como un reflejo de la situación de muchos cristianos de nuestro tiempo. Parece que la esperanza de la fe ha fracasado. La propia fe entra en crisis, a causa de experiencias negativas que nos hacen sentir abandonados por el Señor».


Jesús no se desentiende en nuestro hoy del coronavirus ni ha desaparecido; hoy vuelve a salir a buscarnos en el camino. Quiere explicarnos el por qué estamos

así, pero sobre todo explicarnos donde está la respuesta: «Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre Él en todas las Escrituras». Y de la fe de la mente, de este «entender», nos lleva al encuentro pleno en la Eucaristía: «Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le

reconocieron, pero él desapareció de su lado».


Cuántas veces no aprovechamos este don maravilloso; aquí se nos abren los ojos, nuestra torpeza se va, vemos al Señor y se nos calienta el corazón. Pero ¿Por qué muchas veces no escuchamos al Señor en la Sagrada Escritura, en la oración, en la Misa, en la vida ordinaria? ¿Por qué somos soberbios, activistas, pagados de nosotros mismos, incrédulos o sensuales? El Señor nos ama, y como a la oveja perdida, sale a buscarnos para regresarnos. Como a estos hombres que Jesús los lleva por el camino de la reconciliación, así hoy nos toca primero la herida de nuestra incredulidad y vida mucha veces sin Él para de allí, explicarnos la verdad y encontrarse con nosotros. Por eso después de tan hermoso encuentro y respuesta a su tristeza le dicen: «Quédate con nosotros». Como le dijo la Samaritana «dame de beber esa agua» para que no tenga más sed. Ella, como los discípulos de Emaús, comprendieron, como dice la segunda lectura, que «han sido rescatados... con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla».


¿Cuál es el fruto de todo esto? La reconciliación. Se encuentran con el Señor, lo reconocen y se arrepienten; se encuentran con ellos mismos y se dan cuenta qué pasaba en su interior. Su corazón se llena de amor, y regresan a Jerusalén, once km de camino, de noche (desafiando el miedo que los judíos tenían de caminar de noche por los bandidos y porque eran supersticiosos y no pocos creían en fantasmas y espíritus), con un solo objetivo: comunicar que era verdad y que Cristo ha resucitado. Comunicar el sentido de sus vidas. La alegría mayor que puede existir.

La felicidad que sobrepasaba su corazón los impulsaba en amor a querer compartir esta alegría, como harán los Apóstoles y la Iglesia naciente, que hoy nos describe la primera lectura.


Tú hoy en medio de este caos ¿Quieres experimentar lo mismo que estos discípulos? ¿Quieres salir de tus miedos y tristezas? ¿Quieres no caminar con la cabeza agachada? ¿Quieres que se te abran los ojos? Anda donde el Señor, escúchalo en las Escrituras; encuéntrate con Él en la Misa; «También hoy podemos entrar en diálogo con Jesús escuchando su palabra. También hoy, Él parte el pan para nosotros y se entrega a sí mismo como nuestro pan». Camina con Él, no seas irreverente y lo dejes pasar; Él está allí, a tu lado, buscándote una y otra vez. Dale tiempo de que te hable; dale espacio en la oración porque Él tiene sed de ti: «La oración es el encuentro de la sed de Dios y de la

sed del hombre» . Jesús, como en Emaús, te busca porque tiene sed de ti. Ábrele la puerta y la angustia del coronavirus pasará con la fuerza y esperanza que Él te de.


P. JP TEULLET

MCC Lima

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